Han Visto a Yuca Zapata? - SEGUNDA ENTREGA
Días antes de la pelea el promotor vio a Yuca acercársele. Sudaba profusamente había hecho tres rounds de boxeo de sombra y le había dado oportunidad de golpear el saco, también había golpeado a la pera.
--- ¿En qué te sirvo Yuca?
Le dijo de forma cortés en recuerdo de que había sido el que lo había iniciado en el boxeo.
--- Quiero pelear jefe. Estoy listo. Estoy en el peso, con cualquiera jefe. Necesito pelear. Esta será mi revancha con mi carrera. Ya la brecha de la ceja se curó. Cicatrizó bien.
Recordó que lo miró y no puedo disimular una mueca que decía que Yuca no estaba en sus planes. El no dejaba de golpearse la mano izquierda con la derecha y balancearse suavemente sobre sus piernas.
Con ese movimiento corporal quería mandar un mensaje que haría una gran presentación. Tardó en contestarle. Lo miró de arriba abajo y otra vez la mueca de su boca dictaminó que no pasaba el examen. No pudo evitar hacerla
Después de reflexionar durante otro momento le dijo que no, que esta vez no podía incluirlo. Que tenía muchos compromisos con otros entrenadores que lo presionaban para que presentara a sus muchachos.
Aunque Yuca insistió la respuesta siguió siendo no. Lo vio darse la vuelta y volver al rincón donde siguió boxeando con su sombra. Es que Yuca se estaba convirtiendo en una sombra en ese gimnasio.
***
Bueno muy pronto, solo unos días después, la situación era otra. Necesitaba de ese mismo boxeador para que actuara en la pelea estelar de esa noche. El boxeo era así, nada estaba escrito en piedra. Todos necesitaban de todos por eso trataba de llevarse bien con la gente pero sin dejar de tener el sartén por el mango. Ese era su secreto: “tener el sartén por el mango”. Contar siempre con ventajas, obligar a sus contrarios a pelear en su terreno y ahorrar gastos. Cinco dólares aquí, tres por allá, eso sumaba y hacía la diferencia a la hora de sacar cuentas y sumar ganancias
***
Ahora estaban nuevamente en el área del parque. Una radio en alguna parte cercana, dejaba oír la cadenciosa narración de otra carrera de caballo. Se dirigieron a una agencia de apuestas a ver si por allí veían al que buscaban y nada. No se atrevieron ni a preguntar. Pero si entraron y llegaron hasta los baños, no fuera que por casualidad estuviera allí mientras ellos entraban y salían. El barrio se veía muy activo. La música del sábado en la tarde surgía por todos lados. La salsa era la preferida. Pero los boleros consolaban a los despechados en las cantinas y hacia soñar a la jovencitas en los balcones con amores de novela. Los aires del son cubano y la bomba y la plena, el merengue tan propios del Mar Caribe fácilmente llegaban a esta ciudad del océano del Pacífico. Solo tenían que viajar ochenta kilómetros entre una costa y otra. Esa era la magia del lugar. Gringos, primeros los franceses, italianos, negros antillanos, los españoles antes y los de los países del sur todos llegaron, pasaron, algunos se quedaron. Así fue desde siempre por lo que esto era una cajeta de sueños, una coctelera de costumbres y modismos. En esas calles con sus casas con balcones se adoptó la forma de narrar cantando el diario acontecer que trajeron los negros que vinieron a trabajar en el canal. Ellos con su calypso contaron sus pesares y cómo compitieron con las clases pobres de la ciudad por un rincón y la oportunidad donde vivir y criar a sus hijos.
Cuando no pudieron seguir trabajando en el canal y no volvieron a sus islas, encontraron refugios en esas casas de inquilinatos con patios y servicios comunales en las que también fueron discriminados. No los vieron con buenos ojos porque olían distintos y hablaban inglés lo que los hacía mayormente diferentes. Pero los chombos y las chombas tenían cultura y formas de cocinar que terminaron gustando a todos. Sus dulces de frutas de navidad, su bon, y el saril una bebida roja picante y refrescante y las especies con las que sazonaban sus comidas terminaron formando parte del folclore gastronómico de la ciudad.
Igual había sucedido cuando llegaron los chinos. Qué no se dijo de ellos, que se comían a niños, perros y gatos. Que adoraban al demonio y que mejor era no pasar de noche por sus sitios. Hasta a una arteria principal que bajaba del parque al puerto en la que había varias lavanderías, restaurantes y tiendas chinas le llamaron la Bajada de Sal si Puedes. El nombre avisaba el riesgo de visitarla cuando las sombras de la noche reinaban. ¡Qué cosas las del barrio! Allí la imaginación popular no tenía límites. Pero ya los chombos, los macacos como se molestaba a los chinos, o a los bachiches como se llamaba a los italianos, los culí como se nombraban a los hindúes, se habían integrado a este sitio que en un principio fue el arrabal de fuera de las murallas.
--- ¿En qué te sirvo Yuca?
Le dijo de forma cortés en recuerdo de que había sido el que lo había iniciado en el boxeo.
--- Quiero pelear jefe. Estoy listo. Estoy en el peso, con cualquiera jefe. Necesito pelear. Esta será mi revancha con mi carrera. Ya la brecha de la ceja se curó. Cicatrizó bien.
Recordó que lo miró y no puedo disimular una mueca que decía que Yuca no estaba en sus planes. El no dejaba de golpearse la mano izquierda con la derecha y balancearse suavemente sobre sus piernas.
Con ese movimiento corporal quería mandar un mensaje que haría una gran presentación. Tardó en contestarle. Lo miró de arriba abajo y otra vez la mueca de su boca dictaminó que no pasaba el examen. No pudo evitar hacerla
Después de reflexionar durante otro momento le dijo que no, que esta vez no podía incluirlo. Que tenía muchos compromisos con otros entrenadores que lo presionaban para que presentara a sus muchachos.
Aunque Yuca insistió la respuesta siguió siendo no. Lo vio darse la vuelta y volver al rincón donde siguió boxeando con su sombra. Es que Yuca se estaba convirtiendo en una sombra en ese gimnasio.
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Bueno muy pronto, solo unos días después, la situación era otra. Necesitaba de ese mismo boxeador para que actuara en la pelea estelar de esa noche. El boxeo era así, nada estaba escrito en piedra. Todos necesitaban de todos por eso trataba de llevarse bien con la gente pero sin dejar de tener el sartén por el mango. Ese era su secreto: “tener el sartén por el mango”. Contar siempre con ventajas, obligar a sus contrarios a pelear en su terreno y ahorrar gastos. Cinco dólares aquí, tres por allá, eso sumaba y hacía la diferencia a la hora de sacar cuentas y sumar ganancias
***
Ahora estaban nuevamente en el área del parque. Una radio en alguna parte cercana, dejaba oír la cadenciosa narración de otra carrera de caballo. Se dirigieron a una agencia de apuestas a ver si por allí veían al que buscaban y nada. No se atrevieron ni a preguntar. Pero si entraron y llegaron hasta los baños, no fuera que por casualidad estuviera allí mientras ellos entraban y salían. El barrio se veía muy activo. La música del sábado en la tarde surgía por todos lados. La salsa era la preferida. Pero los boleros consolaban a los despechados en las cantinas y hacia soñar a la jovencitas en los balcones con amores de novela. Los aires del son cubano y la bomba y la plena, el merengue tan propios del Mar Caribe fácilmente llegaban a esta ciudad del océano del Pacífico. Solo tenían que viajar ochenta kilómetros entre una costa y otra. Esa era la magia del lugar. Gringos, primeros los franceses, italianos, negros antillanos, los españoles antes y los de los países del sur todos llegaron, pasaron, algunos se quedaron. Así fue desde siempre por lo que esto era una cajeta de sueños, una coctelera de costumbres y modismos. En esas calles con sus casas con balcones se adoptó la forma de narrar cantando el diario acontecer que trajeron los negros que vinieron a trabajar en el canal. Ellos con su calypso contaron sus pesares y cómo compitieron con las clases pobres de la ciudad por un rincón y la oportunidad donde vivir y criar a sus hijos.
Cuando no pudieron seguir trabajando en el canal y no volvieron a sus islas, encontraron refugios en esas casas de inquilinatos con patios y servicios comunales en las que también fueron discriminados. No los vieron con buenos ojos porque olían distintos y hablaban inglés lo que los hacía mayormente diferentes. Pero los chombos y las chombas tenían cultura y formas de cocinar que terminaron gustando a todos. Sus dulces de frutas de navidad, su bon, y el saril una bebida roja picante y refrescante y las especies con las que sazonaban sus comidas terminaron formando parte del folclore gastronómico de la ciudad.
Igual había sucedido cuando llegaron los chinos. Qué no se dijo de ellos, que se comían a niños, perros y gatos. Que adoraban al demonio y que mejor era no pasar de noche por sus sitios. Hasta a una arteria principal que bajaba del parque al puerto en la que había varias lavanderías, restaurantes y tiendas chinas le llamaron la Bajada de Sal si Puedes. El nombre avisaba el riesgo de visitarla cuando las sombras de la noche reinaban. ¡Qué cosas las del barrio! Allí la imaginación popular no tenía límites. Pero ya los chombos, los macacos como se molestaba a los chinos, o a los bachiches como se llamaba a los italianos, los culí como se nombraban a los hindúes, se habían integrado a este sitio que en un principio fue el arrabal de fuera de las murallas.
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