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Tarot de Sangre - CAPITULO 4

CAPITULO 4

Terminaba otra tarde. La ciudad ante la fuga del sol se iba sumiendo en sombras. Una suave brisa barría el área de estacionamientos de aquel edificio de propiedades horizontales que colindaba con un río de sucias corrientes que sin embargo, se veía poblado de blancas garzas que jamás se manchaban de sus miasmas. Un muro se interponía entre el edificio y ese increíble paraje olvidado por los urbanistas. Allí había muchos árboles en las orillas que daban refugio a las aves. Los olores no eran agradables, pero muchas veces la dirección en la que soplaba el viento servía de atenuante.

Karla salió del elevador y se dirigió a donde estaba su auto estacionado. La chica vestía ropa casual y calzaba sandalias bajas, que dejaban ver sus lindos pies con uñas cuidadosamente esmaltadas con colores tenues. Sacó las llaves del auto de un gran bolso y sentada al volante trató de encender el auto. El motor no respondió. Después de varios intentos fallidos bajó frustrada y al tratar de dirigirse al elevador casi se estrella con una figura masculina. Quedaron muy juntos uno del otro. Él la tomó suavemente por los hombros y la miró fijamente y le dijo:

—¿Qué le pasa a su auto, vecina? Oí ese desagradable ruido en el motor.

Sorprendida por la presencia y las palabras de Manuel, dudó un momento antes de responder. La proximidad del pecho y el rostro masculino la turbó. Nada, nada… nada… que no quiere arrancar. Y yo que tengo que salir a comprar un regalo para una amiga del trabajo que cumple años mañana. La conversación quedó sin palabras. Ambos jóvenes se miraron fijamente. Karla sonrió nerviosa, turbada por la viril presencia del joven. Este la invitó a abrir la tapa del motor del carro y después de ver por allí y por allá, notó que las luces no se prendían, el claxon no funcionaba, señales claras de que el acumulador de energía estaba descargado.

—¿Y qué hay que hacer con eso?

Manuel sonrió ante la inocente pregunta.

—Algo tan fácil como llevar a cargar la batería.

—¿Usted no puede ayudarme? Mire que es una emergencia y yo, mire… Yo soy su vecina.

—¿Cómo, que yo lleve su batería a cargar?

El silencio reinó entre los dos. El joven vio los suplicantes ojos de Karla.

—Bueno, sí puedo. Cuando regrese se la traigo ya cargada.

—No, no solo eso. Lleve la batería y… no cree que puede llevarme a la farmacia cercana a comprar el regalo?

No sabía cómo se había atrevido a decir eso. O mejor dicho a pedirlo. Sus mejillas se encendieron de rubor. Las sombras ocultaron su pena y otra sonrisa nerviosa y coqueta terminó de convencer a su vecino. Manuel guiaba el sedán de esbeltas líneas por las calles rumbo a aquella farmacia que más bien era una tienda por departamentos. Ya habían llevado el acumulador a que lo cargaran en un sitio cercano que prestaba ese servicio. Karla a su lado no sabía qué decir. Estar juntos en la cabina de un auto, era casi estar en un sitio íntimo. Ya habían hablado de la música que salía del equipo de sonido que creaba más ambiente. De lo difícil que era manejar durante las horas picos. Y ya le había dado varias veces las gracias y le había expresado lo apenada que se sentía por el favor recibido.

Manuel quedamente sonreía y le contestaba que no era nada, que se sentía muy agradado de servirle. Estacionó el auto frente a aquella farmacia que abría las veinticuatro horas. Ella con una mirada la invitó a que la acompañara. Juntos bajaron y comenzaron a recorrer los pasillos repletos de mercaderías. Había anaqueles con dulces, con chocolates de todas las marcas y tamaños. Paquetes desde los que asomaban pastillas de gomas azucaradas con brillantes destellos. Burundangas para niños, galletas, mafás. Había otra sección de cosméticos, de medicinas no recetables, de adornos para el hogar. Una sección de farmacia, una gran sección de revistas. Las había para todas las aficiones, de moda, de autos, deportivas, decorado, de cocina.

—¿Habrá quién compre todas esas revistas, preguntó Karla?

—No sé, yo he visto que a fin de mes cuando vienen los otros números, todavía quedan muchas y se las llevan todas. Vida efímera las de estas publicaciones. Solo treinta días. Se dirían que son las mariposas de las editoriales. Viven poco. Karla se le quedó mirando, le había gustado la poética comparación,

—Bueno, yo he visto que las venden por allí, por las calles a la mitad de su valor original.

—Sí, es verdad, las puedes adquirir una vez devaluadas… Miguel quedó en silencio.

Karla siguió rebuscando, mirando los más raros artículos, consultando precios, hasta que se dio cuenta de que estaba abusando del tiempo de Miguel. Pero él había sido hasta ahora un buen acompañante. Le encantó verlo moverse tras ella. Con sus jeans descoloridos, sus mocasines sin medias, camiseta con mangas que resaltaba los músculos de su torso y sus bíceps. Miguel no era fornido, pero tampoco era muy delgado. Karla lo admiraba por el rabillo del ojo, mientras fingía seguir buscando el regalo.

—Oye, pero estoy abusando de tu tiempo.

—No, no te preocupes, he disfrutado de ver los nuevos libros, las revistas y a ti caminar por los

pasillos. ¿No vas a comprar nada?

—Sí, voy llevar esto. En su mano llevaba una cajeta, primorosamente envuelta en celofán transparente, bajo el que se veían colores naranjas, y letras doradas.

—Es un polvo de cuerpo, tiene un perfume riquísimo. Yo sé que le gustará. Acompáñame a la caja y lo pago.

—¿No lo vas a envolver?

—¿Me esperas a que lo hagan? Eso lo dijo Karla como una sensual súplica. Miguel la miró cariñosamente y asintió con otra mirada.

—¿Cómo te voy a agradecer esto? Eres muy amable. No me lo parecías.

Ya estaban dentro del auto y se acercaban al edificio. Miguel lo estacionó cerca del de Karla y bajó el acumulador que habían recogido después de salir de la farmacia.

Él se aprestaba a colocar el aparato ya cargado en su lugar en el motor. Ella a su lado se asomaba dizque para aprender cómo se hacía. En eso sus rostros se acercaron. La brisa nocturna que se colaba entre los árboles de la cerca alborotó sus cabellos y estos acariciaron la cara del joven y ambos percibieron los íntimos olores de sus cuerpos próximos, esos que disfrazan los perfumes. Ella pensó en un beso. Él dudó y vio que ella cerraba sus ojos. Pasaron algunos segundos. La llegada del auto de otro vecino rompió el encanto del romance de cuentos en que se había convertido el encuentro casual.

***

—¿Cómo se llamaba? No me acuerdo pero estaba buena. Era de un boxeador de los años treinta. El tipo había queda’o en la podrida. Le quitaron la licencia de boxear y todo. No tenía pa´ dale de comer a sus hijos, ni pa´ pagar la luz, se alumbraban con velas.




—¡Uuuuufa! Pero eso no es película. Eso sigue pasando ahora mismo, a la vuelta de la esquina.

—Yo sé Joe, lo sé, que eso pasa. Pero acá no hay nieve. Un pelao de los tres que tenía se le enfermó y tenía una tos, que no dejaba dormir a los hermanitos.


—¡Ey, Juan, tú viste una película o te asomaste a la casa de mi vecino. Allá también los hermanitos tosen, se alumbran con velas, y los desgracia’os que Juan se bajó del autobús en ese punto de la ciudad y como miles de personas que llegaban del otro lado se aprestó a caminar hasta otra parada cercana donde tomaría un nuevo transporte para llegar a su esquina, a esa transversal donde vendía bolsas de productos al ritmo de los semáforos. Como una parte anónima de un enjambre humano obedeció la ruta trazada por su necesidad y comenzó a andarla.

La mañana fría, nublada, reflejaba la lluvia de la madrugada anterior. Pasaba al lado de gente adormitada aún. Algunos caminaban ufanos hacia sus trabajos. Otros reflejaban el desgaste que habían sufrido por llegar hasta allí. Habían tenido que madrugar y ya se aprestaban a utilizar su tercer transporte para llegar a sus puestos de trabajo.

El joven sorteó algunos charcos, tomó por algunas callejuelas que acortaban su recorrido.

Esa parte de la ciudad era más vieja. Venida a menos. Algunas casas habían sido desalojadas porque ya no brindaban seguridad para sus habitantes. Otras todavía cobijaban familias que todos los días desafiaban la fatalidad al subir por sus desvencijadas escaleras, o asomarse a peligrosos balcones de carcomidos balaustres o desinteresados arabescos metálicos. Las fachadas daban un triste espectáculo de apenados dinteles, de frontones, ménsulas, y postigos, todas víctimas del robo que las silenciosas, pero constantes caricias de los años, habían hecho hasta extinguir su belleza.

Vio que se asomaban por un tétrico zaguán de una de aquellas casas los pies de un indigente. Negros por el hollín de la calle. Más allá, tuvo que evitar las manos de un mendigo que se desembarazaba de la resaca de la “piedra” que había fumado hacía algunas horas en su desenfreno nocturno. La voz aguardentosa de su compañera, flaca, famélica, se unió al requerimiento de aquellas manos. Juan apretó el paso y dejó atrás una maldición. Se hizo rápidamente la señal de la cruz como protección. La mañana siguió nublada y cuando llegó a la esquina ya Juan y Joe, empacaban tomates.

—No te olvides de abrirles los huecos a los paquetes pa´ que no revienten. Siempre se te olvida hacer eso. Después pierdes…. El reproche fue acompañado de una sonrisa amigable. Sus manos obedecieron.

—¡Chuleta, ayer vi tremenda dijo Juan. La puse en el dvd después de comer y me atrapó la trama, papá.

se paran en el callejón, cada vez que las encienden comienzan a cantarle cumpleaños y hasta pedile que le guarden un pedazo de dulce. La vez pasada los estaba oyendo martirizar al pobre hombre que está sin trabajo, salí y les dije que no se burlaran de la desgracia ajena. Me hicieron caso, pero siempre hay uno que se la da de más bravo y me miró con cizaña. Yo también lo miré fuerte. Yo sé que la voy a tené con él, cuando crezca un poquito más.

—Bueno. ¿Te cuento la película o no?

—Dale, papa, dale, si no me puedo mover de aquí. Soy tu audiencia cautiva como dice no sé quién. Y siguió llenando, y llenando, cerrando y puyando bolsas de tomate.

—Entonces, un día llegó el antiguo manager. Esos apoderados que se las saben todas y le dijo que le tenía una pelea, pero solo una. Lo que lo salvaba a él era que nunca le habían dado Ko, y querían un tipo pa que el nuevo champion, el que iba pa arriba, lo noqueara.

—No me digas eso. Esa ta dura…

Juan miró a Joe resentido ante las dudas que expresaba, y entonces guardó silencio. A los pocos momentos Joe dijo:

—¿No vas a seguir contando la película?

—Bueno, bueno cuando le estaban vendando las manos, para después ponerle los guantes y que subiera al ring, el manager oyó el ronquido de su barriga. No había ni comido, imagínate. Le metieron tres cucharadas de picadillo y con eso nada más el tipo noqueó al champion en tres asaltos y de allí se fue haciendo.

—¡Uuaaaaa! Ese tipo era de película. Ya no saben ni qué inventar. Sin comer y noqueaba.

Eso sí no pasa en estos tiempos. A los boxeadores así no los dejan ni subir al ring y si lo hacen los bajan en camilla.

—Joe, la película fue verdad. Era de la real vida. Ese tipo existió. Lo que pasa es que esa película la compré pirateá y no pude leer bien los nombres de artistas y cosas así.

—Entonces tienes que leer los créditos, para saber más de las cosas.

—¿Y eso qué es?

Joe movió la cabeza y se rascó pensativo. Pero se decidió a intentar una explicación.

—Es la parte del comienzo o del final de una película donde menciona quiénes fueron los que la hicieron, quienes trabajaron en ella.

—Ya, ya, ya. Esta noche voy a fijarme para darte el nombre del boxeador aquel. Pero entonces le trajeron a otro pesa’o y…

—¿ Ey, Juan, y me vas a echá toda la película? Hay que salir a vendé. Ya tenemos buco bolsas, y ya hay buco carros con la roja.

Los muchachos se desplazaban entre los carros respondiendo al requerimiento de los compradores en los autos. La luz cambió a verde y el conductor del camión de volquete vio un espacio entre los carriles de la avenida. Pisó el acelerador, obedeciendo la orden del semáforo, tocó las bocinas. Pasó rápidamente entre los autos que apenas reanudaban su marcha.

Joe vio venir el camión hacia él. Solo unos metros lo separaban de la seguridad de la acera donde sus compañeros empaquetaban productos. Durante una fracción de segundo el camión con sus faroles, sus guardafangos y su defensa delantera, sus cornetas, se le pareció un terrible monstruo que amenazaba con destruirlo. Un último y supremo impulso lo ayudó a alcanzar la acera y a caerles encima a los empaquetadores. Solo sintieron el violento y caliente ¡zuassssssssssss¡ de la ventolina que dejó el paso de la mole con ruedas junto a unos grandes pedruscos que cayeron de su vagón, que por suerte pasaron por encima de la cabeza de todos. Pero alguno hizo añicos el vidrio de la parte trasera de un automóvil que, retrasado no obedeció la orden de seguir que diera antes la señal colgante. El proyectil solo se detuvo al chocar con el respaldar del asiento de al lado del conductor, donde por suerte no había nadie.

—Ni siquiera se dio cuenta del daño que pudo hacer dijo Joe asustado.







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