Karla abrió la puerta de su departamento y entró con el regalo para su compañera de trabajo en una bolsa. La sala estaba sumida en penumbras, y en el fondo, sobre la mesa, ayudada con la luz de las velas, Judith jugaba con las cartas del tarot. Trató de no interrumpirla y se deslizó hacia su habitación. Pero la voz de Judith la hizo detenerse.
—Estabas con él, verdad. Las cartas me lo han revelado. Desde que subías en el elevador comenzaron a hablar de ti. La Emperatriz, es la que te representa y a Él siempre El Colgado. Los une algo físico, quieren gozar de la vida. Te dejas llevar por tus instintos y lo arrastras con tu concupiscencia. Lo engañas con tu belleza y tus afanes por cosas materiales. ¿Dónde estaban?
Judith arrastraba las palabras. Dramatizaba al hablar y lo hacía de manera amenazante.
—Tú sabes que Manuel me gusta. Y tú no debes ser un obstáculo entre nosotros.
Recuerda que la Sacerdotisa puede ser una peligrosa rival. Y si siempre sale al revés puede tornarse peligrosa. Recuerda lo que nos predijo Mamá. No te metas con Manuel. Karla quedó petrificada ante las palabras de su hermana. Ella también tenía poderes, sabía el lenguaje de las cartas y recordó a su madre, con quien frecuentemente soñaba.
—Manuel jamás se ha fijado en ti. ¿Y para qué lo quieres? Para burlarte de él como has hecho con otros. No, a Manuel no lo vas a tocar. No te lo permitiré. Esta vez no. Se acercó a la mesa y vio la tirada de cartas de Judith. En forma de cruz había nueve mensajes y comprobó que las tres mencionadas estaban sobre el paño púrpura.
—Ya yo sé lo que haré. Tú bien sabes que mis condiciones son mejores que las tuyas.
Hermana, no me desafíes, ya he cedido bastante. Le prometí a Mamá que velaría por ti, que estaría junto a ti, pero parece que eso es imposible. Judith que solo vestía una saya transparente negra, que dejaba ver su delineado cuerpo desnudo, calzaba como siempre altas sandalias de tacones negros. Era su vestuario para leerse a sí misma las cartas. Su cabello negro suelto reflejaba las candelas de las velas que a veces se atrevían a iluminar su rostro. Sus ojos torvos, resaltados por largas pestañas y por el lápiz delineador brillaban mirando a su hermana.
—Eso fue antes. Las cartas ahora me responden mejor a mí y olvídate del pasado. El presente es el que debemos abordar y resolver de una vez por todas nuestro destino.
—Judith, no seas insensata. No quieres recordar el pasado porque te condena. Bien sabes que para las cartas, el pasado es una etapa que siempre está presente. Nunca nos podemos librar del ayer. Aunque atrás quedó, siempre las cartas te lo recuderan.
Judith se volvió a sentar frente a las cartas y le enseñó a su hermana el naipe de La Emperatriz. Era rubia como ella. En manos de la muchacha era como una espada amenazadora. Desde que su hermana salió del apartamento un desasosiego le llenó el pecho, y las cartas le contaron del encuentro. Una vez en su cuarto, Karla encendió dos velas, se desnudó y se enfundó en una saya transparente parecida a la de su hermana, pero de color amarillo. Buscó sus cartas. Las sacó de un pequeño cofrecillo y las liberó de un paño de tela preciosa de color ocre. Meditó unos segundos. Respiró profundamente y las comenzó a acariciar. Le recordaban a su madre. Qué bonita fue su mamá. Le enseñó todo sobre las cartas. Ella poseyó el don de arrancarle sus secretos y cambiarle la vida a la gente. Y ahora ella había heredado ese poder. Lentamente las comenzó a barajar y a lanzarlas en forma de cruz sobre el paño el que antes había desplegado en su cama.
El Loco fue la segunda carta que saltó al tapete. Representaba a un desprevenido joven, vestido a la usanza medieval con una camisola de mangas anchas, y que caminaba al borde de un abismo. Sobre sus hombros llevaba un palo del que guindaba un atado que al parecer llevaba sus escasas pertenencias. Un pequeño can blanco lo acompañaba fiel y trataba de avisarle del peligro que afrontaba en esa instancia. Enseguida surgió la Gran Sacerdotisa, misteriosa, azulada, enigmática y boca abajo. El carro fue la carta que la sorprendió. Un auriga tratando de maniobrar un carruaje tirado por dos caballos que no querían compartir el mismo camino. La última resultó ser La Emperatriz. Rubia, lozana, con ganas de vivir. Las cartas no mentían, allí estaban frente a frente las dos hermanas y al final del camino un hombre lleno de dudas.
¿Te atreverías a matar por mí? El mensaje aparecía y desaparecí sobre otras combinaciones de cartas. Imponiéndose a otros designios. Se desvanecía con la aparición de otras cartas. No había forma de descifrarlo. ¿Te atreverías a matar por mí? Habría que esperar que el tiempo ayudara a revelar el enigma.

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