La ciudad hervía bajo el candente sol del mediodía. Era la hora del tranque, en la que los carros avanzaban lentamente regalando al bochorno el humo caliente de sus tubos de escape. Los cambios del semáforo no servían para acelerar el paso de vehículos que llenaban las calles. Esos aparatos eran los dictadores que allá, en lo alto, determinaban el ritmo del tráfico. Durante esas horas pico acaparaban la atención de todos los transeúntes y los conductores. La ciudad había crecido tornándose hostil con sus habitantes. Todo se hacía de prisa, sin miramientos. La gente pugnaba a diario con los problemas de llegar al centro urbano. Salir de sus casas rumbo a sus trabajos, cumplir con sus horarios a como diera lugar, eso los hacía desconfiados y egoístas. Pero para los vendedores del semáforo era la hora del negocio. Ese momento solo era superado por el movimiento de la tarde, cuando los conductores y sus pasajeros regresaban a sus casas y estaban más dispuestos a llevar lo que se vendía en los semáforos.
Juan caminaba entre los autos con una sonrisa como escudo, ofreciendo los paquetes de mandarinas y los de tomates. Dos filas más allá, Joe hacía lo mismo. La venta estaba buena. Ambos sudaban, y cubrían sus cabezas con gorras Los dos tenían una estatura sobre lo normal y no eran ordinarios. Juan, por ejemplo, tenía el cabello cholo, y Joe lo lucía más crespo; su piel era un poco más morena que la de su compañero. El ganar dinero a diario los hacía orgullosos de sus logros.
Con la llegada del mediodía, el flujo de autos fue disminuyendo y los muchachos optaron por empaquetar los productos para cuando la demanda aumentara con el paso de las horas.
Joe era un tipo que se había recibido de bachillerato y con algunos semestres de periodismo en la universidad. A él, la falta de recursos, o un problema del que no hablaba lo había obligado a buscar el sustento en las ventas en los semáforos.
Estaba convencido de que era un empresario que manejaba a un pequeño grupo de vendedores con cierto éxito, aunque siempre hablaba de manera pesimista. Le molestaba algo en la vida. Tenía un secreto y quizás relacionado con el orden social. Se preguntaba ¿Cómo un determinado grupo de personas y entidades eran los que señalaban qué estaba bien y qué mal?
***
—“Si algo puede salir mal, saldrá mal” Te lo digo, Juan. Mira, si una moneda se cae en la calle, de seguro irá a parar a la alcantarilla o al lado de la mierda de un perro, o junto al gargajo de algún busero. Te lo digo, esa es la que es. Siempre es igual. Por eso cuando los vendedores me vienen con sus cuentos, en la primera aplico la Ley. Ellos son igualitos que el asistente de Murphy, que en el experimento conectó mal los cables. Si después siguen con eso los voy despachando. Sigo la misma norma, me doy cuenta de que el vendedor es un factor de ese esquema negativo al que uno le tiene que encontrar la vuelta para que sea positivo. Juan, atento escuchaba a su amigo y patrón y gozaba con sus reflexiones, que encontraba muy graciosas, aunque muchas veces superaban su entendimiento. Juan era más positivo, pero menos romántico que Joe.
—No te entiendo nada, Joe, ¿qué fue lo que hicieron esos tipos? ¿Que no conectaron qué?
—Papa, tienes que leer más. Tienes que instruirte. Busca en Wikipedia a Murphy. A la Ley de Murphy. Esa es la real vida. Algún día yo saldré de esta esquina, pero mientras tanto tengo que jodeme. Con el sol, el polvo, la lluvia, el humo de los escapes de los carros. Pero bueno, lee.
Juan, apabullado por tantos consejos optó por seguir llenando los paquetes con tomates y mandarinas. El sol cambiaba de posición en el firmamento, y el joven empresario de esquina vio a Manuel que se acercaba trotando y que se detenía para hacer compras. Decidió atenderlo él mismo, quizás en una de esas conocería los problemas que lo afligían.
—Entonces, amigo, qué le damos esta tarde. Tenemos tomates. ¿Cómo los quiere? Bien maduros o maduros. Tengo mandarinas, pero no te las puedo dar todas de color naranja, tengo que darte algunas verdes, pero esas saben bien. ¿Quieres guandú, pa´ tu mamá? Guandú, pana, bien olorosos. Manuel esbozó una sonrisa, como siempre galardonada con un dejo de desánimo. Le costaba hacerlo.
—Deja que salga la risa, papa. Deja que la vida te envuelva. Tú perdona, pero tú me caes bien. A tooos nosotros. Tú eres un buen cliente. ¿Pero qué te pasa, pana? Tú perdona, a mí no me gusta meterme en lo que no me importa. Pero te ves que eres un buen tipo. ¿Te dejó una chica? Hay buco chicas más. Tan las hermanitas esas del piso cinco. Hay otras por acá, otras por allá. Pana, hay que vivir. Mira Yo siempre ando con lo de la Ley de Murphy. Soy un creyente de esas premisas. Yo sé que: “Cualquier solución entraña nuevos problemas.” Pero hay que buscarla. Por primera vez, Manuel dejó de aprisionar la sonrisa y su boca se curvó dejando ver sus dientes blancos y moviendo todos los músculos de su rostro, dijo:
—¿Qué sabes tú de la Ley de Murphy? La vida es una continua contradicción. Cuando las cosas se dejan a su aire, suelen ir de mal en peor. Yo bien sé de eso. La vida está llena de fatalidades. A Joe le gustó que su cliente citara conceptos de Murphy.
—¿Qué te pasó? Pa´ ver ¿Qué te pasó? Tú tas joven. Olvida. ¡Echa pa’lante! Mañana es el primer día del resto de tu vida, como dice el locutor de la radio.
Manuel se dio cuenta de que aunque la frecuencia de las compras lo había hecho simpatizar con Joe, por su alegría, su liderazgo y el entusiasmo con que enfrentaba el día a día, no tenía por qué contarle nada. Él seguía siendo un extraño. Se decidió por comprar tomates maduros, y las mandarinas que siempre llevaba. Pagó por las dos bolsas y, dando la espalda, comenzó alejarse. Joe sintió que había traspasado la línea de la confianza y sintió el rechazo. No obstante trató de repararlo con algo agradable como despedida.
—Ta bien, pana, ta bien, perdona. Pero aquí tamos para servirte, tú tas bien. Pasa buenas tardes.
Manuel lo despidió agitando su mano derecha sin voltearse siquiera. Y Joe quedó allí con sus bolsas en la mano, solo atinando a mirar los carros que seguían el orden de los semáforos.

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