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Tarot de Sangre - CAPITULO 3

CAPITULO 3

El timbre del portero eléctrico sonó anunciando que al otro lado de la puerta había un visitante. Manuel atendió el requerimiento electrónico. Al escuchar la conocida voz, se lamentó íntimamente de que su Tío Joaquín llegara a importunar la tranquilidad de su apartamento. Sobre todo en esas horas en que caía la noche y gustaba de estar solo, con la tenue luz de sus lámparas que solo iluminaban los rincones.

—Abre, sobrino. Tengo tiempo que no te veo. Vengo a verte, quiero verte, sobrinazo.

Manuel movió la cabeza, asombrado de cómo la gente no comprendía que él quería estar solo. Abrió la puerta y salió al pasillo para recibir a su tío en las puertas del elevador. Se detuvo a mirar las macetas que guardaban las veraneras que había comprado y que Susana había trasplantado. Ninguna flor adornaba sus ramas. Habían crecido, pero sin flores. Recordó cómo ella las cuidaba y que cuando regresó de aquel viaje, encontró todos sus pétalos en el piso. Era una señal de duelo. Las puertas del elevador se abrieron. Joaquín era un viejo de cabellos blancos. Se veía que de joven había sido bien parecido. De estatura mediana y contextura más bien fina, con zapatos lustrados, vestía como un dandy inglés. Después de los saludos y las frases usuales, después de aceptar de su sobrino un refresco dietético, se sentó cómodamente en un sillón. Una de las lámparas iluminaba la mitad de su rostro. Su sombrero había quedado en la mesa de la entrada.

—Oye, antes me dabas unas cervezas bien frías. Pero bueno te has enterado de que ya no tomo. Que abusé de la bebida y ahora debo mantenerme en seco. Bueno, sobrino, ahora soy yo el que necesita contarte algo. Ya no me voy a meter con tus vainas, con tu melancolía. Te prometí que no te recordaría más lo del cruel accidente de Susana, que en verdad fue muy triste. Pero la verdad es que a mí nunca me ha pasado algo como eso.

Ahí te va: En mis años mozos sufrí algunos desengaños amorosos que son más llevaderos por la edad en que uno los sufre. Pero siguen siendo dolorosos. Recuerdo cuando perdí a varias bellas mujeres, me querían, pero no supe apreciarlas hasta que doblaron la esquina de mi vida. Entonces enloquecí de dolor, de celos, pero todo fue inútil, ya se habían ido.

Después, Manuel, aprendí que un clavo saca otro clavo y otros amores son como un bálsamo para el dolor del adiós. Pero solo para caer nuevamente, enamorarme y ceder ante los placeres de esa nueva ilusión: Hasta que el corazón va perdiendo sensibilidad y ya el idilio no es como antes. Uno sigue queriendo, disfrutando de lo que te dan las mujeres, pero lo aceptas como viene y si se van, adiós. Es que aquellos primeros desengaños te vacunan contra el dolor.

Manuel, resignado a oír a su tío, desgajaba una mandarina. El olor del zumo que salía de la cáscara entre sus dedos inundaba el ambiente, compitiendo con la fragancia que despedía la combustión de una vela en una mesita en otro rincón.

—¿El olor de la vela te la recuerda, verdad? Debes buscar otro aroma, sobrino, ve matando los recuerdos, ve apartando las pequeñas cosas que te la traen de vuelta. Ese olor es una de ellas. Juegas con la nostalgia. Si no puedes arrancártela de golpe, esas tácticas ayudarán a tu memoria a diluir su presencia. Vive, sobrino, olvídala. O colócala en un rincón de tu mente donde no te dañe.

El viejo vio que la mirada de Manuel esbozaba un reproche y enseguida cambió el tema, moviendo sus manos como queriendo aguantarlo, pese a que este no se movía del sofá donde estaba sentado.



—‘Está bien, no digas nada. Es verdad, prometí que no hablaría de eso. Vengo por mis problemas. Mira, hace poco en un bar, ese al que te has negado a acompañarme, aquel donde oigo música de la época, encontré a Beatriz, uno de mis primeros amores. Estaba celebrando el cumpleaños de una amiga, con música del ayer. Desde entonces nos hemos visto varias veces y lo he disfrutado.

—Oye, tío, pero si es uno de tus primeros amores, ella debe tener más o menos tu edad. ¿Y qué hace una señora en un bar en estos tiempos?

- ¡Ay, Manuel! Es que la gente de mi época no es como la gente de tu edad. A nosotros nos gustaba bailar, reunirnos, reír. Y en ese lugar se pasa bien, hay buena música, buena atención y buenas costumbres. Por eso no te escandalices porque una distinguida señora como esa visite ese bar.

—Bueno, si tú lo dices… ¿Y qué más? dijo Manuel por cortesía.

—Pero ahora, sobrino, no sé qué otro paso dar. Ya bailamos, recordamos, pero no hemos resuelto la incógnita que en aquellos años nos llevó a nuestra separación. La verdad que ella me dejó por otro. Yo nunca me decidí a ir más en serio para formalizarnos y quizás, no sé, a formar una familia. Entonces optó por otro, pero ahora, que enviudó, comprendo que siempre me quiso. Yo he sido para ella como ella ha sido para mí, un fantasma a través de los años. Siempre estuvimos presentes en la vida de cada cual. Siempre compitiendo con los personajes de turno. En lo que me toca, sometiendo a mis amores a un reto que nadie pudo ganar.

—Para, para, tío, la cosa es grave. Nunca te he visto más serio que hoy. Y antes de que me preguntes que más hacer, te voy a decir que mantengas todo en el nivel de lo platónico. De lo espiritual, no pases a lo físico. Ustedes no están para otra cosa y de esta manera mantienen vivo esos fantasmas que han llegado hasta aquí a través de los años. El silencio reinó en la habitación. Joaquín se sorprendió del consejo del joven. Y este se sorprendió de tomar partido en los problemas del viejo. Después de mucho tiempo se molestaba en pensar en los demás.




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