Los vendedores actuaban contra las coloridas órdenes del semáforo. Cuando estaba en rojo y se detenían los autos, aprovechaban para marchar entre ellos ofreciendo su mercancía empaquetada en cartuchos de transparente celofán. Algunos vendían mandarinas a las que su madurez le regalaba un fantástico color anaranjado.
Otros llevaban en las manos y los enseñaban por las ventanillas a los pasajeros y conductores, paquetes de guandú, asegurando que esos granos verdes o morados eran olorosos. Una cualidad necesaria para el sabor del arroz que los acompañaría en la olla.
También había vendedores de tarjetas telefónicas, que asegurarían la comunicación con el mundo entero y hasta de bolsas de chayotes, que algunos miraban con repugnancia, pues los asociaban a la comida para enfermos. Cuando el semáforo tenía su color, los autos reanudaban su marcha, entonces los vendedores buscaban refugio en las aceras donde otros socios seguían empaquetando productos, en una eficiente cadena de producción que envidiarían algunas fábricas industriales.
Semanas antes era el tiempo de las naranjas injertadas.
Pero antes fue el momento de los mangos, o de los tomates. Las frutas y las verduras, que se vendían en las calles, eran como las agujas de un reloj estacional que mostraban en qué época del año vivía esta loca y desenfrenada ciudad. Los semáforos eran los únicos reguladores del frenesí que los conductores y los peatones transmitían al tránsito en las calles.
Si se quería saber cuán importantes eran esos jueces mecánicos solo había que recordar cuando por causa del cese del fluido eléctrico quedaban fuera de servicio. Los conductores jamás se ponían de acuerdo. Hombres y mujeres, de toda clase social y de toda edad, se olvidaban de la tolerancia y volvía a imperar la ley de la selva.
Antes de salir a correr por la costanera, Manuel veía a los vendedores desde la entrada de su edificio de condominios ubicado en la esquina de ese concurrido cruce de avenidas, en un barrio muy próximo a la zona comercial de la urbe apocas cuadras de la cinta costera. Muchos de ellos lo conocían porque les compraba sus productos. Él los saludaba, les daba la espalda y lentamente regresaba caminando a su casa, cargando una invisible mochila llena de congojas. Pero su juventud se abría paso por lo más hondo de su ser y le salían por los poros las ganas de vivir. Sabía que a esa hora la vecina, una joven con la que se contentaba al cruzarse y dedicarle por unos segundos su melancólica mirada, enmarcada en su empalidecido rostro adornado por una barba azulada, volvía del trabajo. Alguno de esos muchachos, quizás el más suspicaz, comentaba con sus compañeros que le llamaba la atención la tristeza de aquel cliente, que tarde tras tarde regresaba sudado después de ejercitarse.
Era algo que Manuel no podía disimular. Todavía no conocían qué pena lo embargaba, pero era notoria su congoja.
Desde su auto, Karla devolvió el saludo del joven con una sonrisa sugestiva, pero este enseguida dirigió su mirada hacia otro lado y siguió caminando hacia el elevador del edificio.
La belleza de la chica era un acicate para liberarse de la tristeza que lo atenazaba. Manuel siguió con su andar cansino y trató de olvidar los ojos verdes de Karla y sus cabellos color de la canela adornados con mechas doradas. Por su parte, ella, acostumbrada a que la admiraran, no comprendía qué pasaba. A sus veintitrés años no podía creer que sus encantos estuvieran disminuyendo.
Le pesaba de que nunca podían coincidir en el elevador y subir juntos, pues en lo que le demoraba estacionar el auto, él ya había desaparecido tras las puertas de metal de ese aparato que no se cansaba de subir y bajar, fiel esclavo de los botones electrónicos que se encontraban en cada uno de los pisos.
A ella, en su apartamento la esperaba Judith, su hermana. Esa tarde, la chica se encontraba en la mesa con un mazo de cartas del tarot entre sus manos. Las tiraba, las recogía sin completar el ritual que hacía que estas milenarias barajas señalaran el destino de las personas. Judith, dos años menor que ella, siempre le preguntaba si había visto a Manuel a su llegada. Cuando la respuesta era afirmativa, enseguida la interrogaba. Preguntaba cómo se veía, qué prendas vestía, o que si ese día estaba más animado o si ya no estaba triste. Karla se sorprendía de que ella no viera a Manuel, pues su condición de estudiante universitaria diurna, le permitía pasar más horas en el edificio.
—Es que parece un muerto en vida. Se las arregla para no encontrarse conmigo. En ningún lado. Ni en el lobby, ni en los estacionamientos, ni en las aceras, desde aquella vez que le pregunté su nombre y le comenté lo guapo que es. Quizás no le gustó que le preguntara por qué se veía triste.
—¿Tú hiciste eso? Pero sí que eres indiscreta. Por favor, Judith, madura niña——. Pero enseguida le preguntó:
—¿Y qué te contestó?
—Claramente, pues nada, solo me regaló una de sus tristes sonrisas. ¿Qué crees tú que le pasa a ese joven? Tan guapo que está y tan abatido como se muestra. Eso no lo puede disimular. Quieres que te tire las barajas, ahora que estuviste cerca de él. Puedes haber tomado algunas vibraciones de su cuerpo que nos revele algo de su futuro…. O de su pasado——. Estas últimas palabras fueron dichas susurrando lentamente y destilando suspicacias.
Judith parecía salida de su mazo de cartas del tarot. Lucía como una misteriosa muñeca. Su abundante y negro cabello llamaba la atención, haciendo más pálida la tez de su cara bonita. Pintaba sus labios de colores muy raros; de negro, morado o bronce. Matices que repetía siempre en las largas uñas de sus afiladas manos, en las de sus bellos y delicados pies y en sus ropas. Adornaba su cuello y orejas, muñecas, tobillos y dedos con los más raros pendientes, anillos, zarcillos y collares. Su afición por los signos zodiacales era notoria. Con sus altas sandalias parecía una sacerdotisa egipcia.
—¿Por qué me expresas ese gesto de disgusto? ¿Qué te han hecho las cartas? ¡Dime!
Veo que te has alejado de ellas. No reniegues de lo que nos enseñó nuestra madre. ¿O qué es lo que viste en las cartas? No me lo has dicho, ¿Qué te dijeron? ¿Qué te auguran? Tú siempre has sido así. Una mosquita muerta, que escondes lo que sabes y terminas por sorprendernos a todos.
Dicho eso se paró de la mesa, siempre con el grueso del mazo de cartas en una mano, y en la otra, entre sus dedos, dos de ellas, en una de las cuales se mostraba un joven que se asomaba desprevenidamente ante un abismo y en la siguiente se veía a un hombre que colgaba boca abajo. Sonriendo y jugando con las dos fichas se acercó a un gran espejo ubicado en una media pared de la sala.
—¿Espejito, espejito, quién es la mujer más sonrió y modeló varias posturas ante el adorno después de preguntarle. Se apartó, pero súbitamente regresó y dibujó con su dedo índice un raro símbolo en el aire y entonces nuevamente le dio la espalda.
Aunque el color de sus ojos y cabellos eran muy distintos, había similitud en las facciones de sus rostros y en sus figuras. Al verlas se conocía que eran hermanas. Vivían solas en uno de los condominios del edificio y recibían de cuando en cuando la visita de una tía que llegaba desde el interior del país a supervisar que nada les faltara. Cuando eso pasaba tenían que mejorar su conducta y ser más acuciosas en aspectos como la limpieza y el orden de la casa, el lavado de su ropa y las horas de las comidas. Tenían que ingerir alimentos nutritivos y nada de comidas chatarras y burundangas como a veces hacían las dos. Poco a poco esas visitas se fueron espaciando. Es que el ritmo de la ciudad y las tensiones del trabajo o del estudio le exigían mucho de su tiempo y de sus recursos a cada una de las tres. Así poco a poco las hermanas eran más independientes y formaron sus criterios alrededor de esas cartas que desde niñas su madre había puesto en sus manos.
Los orígenes de estos setenta y ochos naipes se perdieron en la historia. Pero su relación con la inconciencia humana y las experiencias que pudieran revelar las tornaban atractivas. Y aún más, los resabios que dejaron hechos en el pasado no abandonan tan fácilmente la mente de hombres y mujeres, así que las cartas eran capaces de contestar un montón de porqués. Sus seguidores sentían que la verdad podía estar a su alcance solo con el contacto de su mano con el Tarot. Eso tenía algo de magia, era como girar una llave y abrir un cofre de conocimientos importantes que les daba ventajas sobre todos los demás. A ellas, su madre les había dado a conocer lo positivo y lo negativo de la lectura de esos signos plasmados en las barajas, evidenciándoles que eso resultaba agotador y que consumía energías, de la necesidad de ser fuertes mentalmente ante el poder de las cartas. Les habló de las frases claves relacionados con los Arcanos Mayores, que solo eran veintidós. Y el poder entrar con facultades al umbral de las frases claves: Yo Sé, Yo Comprendo, Yo Hago, Yo Elijo. No fue fácil para las hermanas conocer los secretos, juntas crecieron estudiándolo, discutiéndolo. Hoy eran sus herramientas, ¿o sus armas?
¿Te atreverías a matar por mí?
Las cartas desde hacía algún tiempo mandaban, a veces , un mensaje. Tétrico y oculto.
¿Te atreverías a matar por mí?

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